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domingo, 26 de octubre de 2008

6 cosas sin importancia que me hacen feliz***

Leo un original ejercicio de memoria en un mundo de locos... parece fácil pero no lo es! 6 cosas sin importancia que me hacen feliz...

1 - Un "gracias" que me pilla de sorpresa (variaciones: "te quiero", "tengo ganas de verte"...).
2 - Que me den un beso (no necesariamente en la boca) también inesperado (aunque esperado también me hace ilusión).
3 - Leer un texto que me saque una sonrisa.
4 - Ir a un concierto y encontrarme con gente a la que no veía desde hace años (por ejemplo, Rapsusklei ayer en la Totem...conciertazo!).
5 - Tumbarme en la hierba (sin ciudad rodeándome) observando el cielo, los pájaros... :-) qué ganas de hacer alguna excursión...
6 - Escuchar una canción nueva que me emocione especialmente y le coja manía de tanto escucharla.

Todo el que quiera hacerlo que lo haga en su página...y ya de paso que hagan publicidad a la mía!
Saludos!


martes, 27 de mayo de 2008

SoNrÍe Y lA vIdA tE sOnReIrÁ***

Lo veía todos los días al ir al trabajo. Estaba ahí, medio tumbado medio sentado sobre un cartón, apoyado en la pared al lado de la puerta trasera de una panadería de la gran ciudad. No sé describir lo que mi cabeza pensaba cuando pasaba a su lado; yo con mi portátil, trajeada, yendo a trabajar en una oficina del mejor periódico de la ciudad; él, con ropas sucias y rotas, una manta que seguramente habría recogido de un contenedor o habría robado, un cartón de vino y restos del pan sobrante de la panadería. Parecía increíble que, en una misma ciudad, hubiera tanta diferencia entre la vida de una persona y otra.

Al día siguiente, me desperté con el ruido de la tormenta. Desde siempre me han asustado los relámpagos y los truenos. Cuando era pequeña, solía meterme en la cama de mis padres acurrucada entre ellos; sólo así conseguía dormirme. Pero ahora es diferente: vivo sola, por lo que cuando me desvelo opto por prepararme con tranquilidad, tomar un buen desayuno y bajar a la calle a vagabundear bajo mi gran paraguas de marca.

Cuando bajé a la calle, hice el mismo recorrido de siempre. Había decidido ir un poco antes a la oficina y así adelantar algo de trabajo. Cuando pasé por la boca de ese callejón, como siempre, miré hacia donde suponía que estaba él. Pero no era así. No estaba. Supuse que algún buen hombre le habría dado cobijo al haberle visto bajo la lluvia sin ningún techo bajo el que cubrirse. Sin embargo, algo me decía que no era así. “Ya no queda gente buena, Carlota. Es como los príncipes azules, ¡se están extinguiendo!”. Estas palabras de mi abuela vinieron a mi mente de repente y, como si algo me empujara, me adentré en el callejón. Ya no tenía miedo ni a la lluvia ni a posibles delincuentes que se decía que frecuentaban esa zona. Algo me decía que él seguía ahí. “Al fin y al cabo, no tiene a dónde ir”, pensé. Pasé un contenedor pensando en darme la vuelta sin haber conseguido mi objetivo cuando le vi. Estaba en una esquina, arrinconado entre cajas de cartón y agarrando la manta como si se la fuesen a arrebatar en cualquier momento. Seguía lloviendo a mares. Cuando me vio se asustó, pero el frío y el tembleque le impedían moverse. Me quedé ahí, un momento, parada frente a él. Pensé que lo mejor sería decirle algo, pero… ¿el qué?

- Eh… ¡Hola! – qué estúpida. Pero no se me ocurría otra cosa…

Él permaneció ahí, impasible. No sabía si porque no me había entendido o porque tenía miedo o el frío le impedía siquiera abrir la boca. De cualquier manera, opté por utilizar un lenguaje universal: le sonreí. Él me devolvió la sonrisa, una sonrisa desdentada pero simpática. De pronto, sentí una enorme curiosidad por conocerle, saber su nombre, su edad, y, sobre todo, qué le había pasado para llegar a esa situación. Le tendí mi mano. Su sonrisa se convirtió en una especie de mueca que transmitía preocupación. Sólo me bastó otra sonrisa para que cogiera mi mano y saliera de esa “cabaña” de cajas de cartón. Reconozco que al principio, cuando se levantó, me desagradó la idea de agarrarle, puesto que el hedor que desprendía y la suciedad que, desde ahí, podía observar, me forzaban a guardar las distancias. Sin embargo, mi conciencia me impedía dejarlo ahí, abandonado, mirando para otro lado como hacían los demás. Yo no quería ser como esa gente que hacía como si no lo viera, siempre me había sentido de alguna manera diferente y, por una vez, quería ayudar a alguien que sabía que me necesitaba. Así que le ofrecí un hueco debajo de mi paraguas de marca. Le llevé a desayunar a un bar cercano donde acudía con tanta frecuencia que el camarero, un joven con “rastas”, ya me conocía. Cuando entré con mi “nuevo amigo”, me miró con cara de extrañado, pero sabía cómo era, y tan educado como siempre, nos sirvió. Le pregunté por su nombre, tratando de ser lo más cortés posible, y, sin molestarse, me contestó que se llamaba Ramón, pero que hacía muchos años que nadie le llamaba por su nombre. Poco a poco, y con la ayuda de mis sonrisas, Ramón cogió confianza en mí, y me contó que su padre murió de sobredosis cuando su madre estaba embarazada de él, y ésta, una vez nació Ramón, desapareció “misteriosamente”. No hacía mucho que se había enterado de que se había encontrado su cadáver. Él, hijo único, fue a parar a un centro de niños huérfanos, pero, una vez cumplidos los 18, no tuvo más remedio que ir a trabajar a la ciudad. Le iba genial en una fábrica de automóviles hasta que fue cerrada porque el gobierno descubrió que traficaban con drogas. Sonreía mientras decía que la suerte nunca le había sonreído. Trató de buscar otro trabajo pero esa fábrica había creado una mancha imborrable en su currículum. Además, poco a poco fue descuidando su aspecto, tuvo que vender su pequeño pisito en el centro para conseguir algo de comer, y su imagen se volvió la que en ese momento veía. No le había quedado otro remedio. Le animé a cambiar su aspecto y buscar un trabajo, al menos para tener algo para llevarse a la boca. Luego ya buscaría un techo, pero poco a poco podría conseguirlo. Estaba desanimado. No creía en la vida. De todas maneras, le di algo de dinero para que fuera a la peluquería y le invité a que se duchara en mi casa. No sé por qué razón Ramón me inspiraba confianza. Sin embargo, rechazó mi oferta.

Miré el pequeño reloj de plata de mi muñeca y, al darme cuenta de lo tarde que era, me despedí de él. Le dije que volvería a visitarle a su callejón. Fuera seguía lloviendo. A las dos horas de haber llegado a mi oficina, comencé a sentirme mal. No paraba de estornudar y me mareaba continuamente. Mi jefa me dio la baja por mi mala cara: tenía gripe. Este mal tiempo había acabado con mis defensas. Fui a casa en taxi, me metí en la cama y no pisé la calle en 3 días. El jueves, por fin, fui a trabajar a primera hora de la mañana, para ponerme al día, no sin antes pasar por el callejón para visitar a Ramón. Sin embargo, cuando llegué no le vi por ningún lado. Me puse en lo peor, ¿qué le podría haber pasado? Nerviosa, llamé a la puerta trasera de la panadería junto a la que se “alojaba” Ramón por si sabían algo de su paradero. Me abrieron lentamente, como si tuvieran miedo. Lo primero que vi fueron unas zapatillas deportivas algo sucias, luego un pantalón rojo que supuse que era el uniforme de la panadería y una chaqueta roja con rayas verdes con la serigrafía de la panadería. Una pequeña cabeza asomó por la puerta, ¡era Ramón! Sonrió al verme, me dijo que se había extrañado mucho de no verme; él también se había puesto en lo peor, por lo que había decidido seguir mis consejos. Con mi dinero, había ido a la peluquería y se había comprado algo de ropa. También se había armado de valor y había ido a la panadería para pedir trabajo de repartidor a domicilio. Le habían dado la oportunidad, y le iba muy bien. No cobraba demasiado, pero el panadero le había prestado una habitación de su casa hasta que encontrara un alojamiento. No dejaba de sonreír. La suerte, por fin, también le sonreía. Ya no desagradaba acercarse a él. Me agradeció todos los consejos dados. Según él, le había hecho renacer en cierta manera. Se despidió de mí, diciendo que tenía que empezar su “curro diario”. Nos reímos y nos dimos un fuerte abrazo.

Le vi alejarse calle abajo, en una vieja bicicleta con bolsas en un gran cesto detrás del sillín. Había conseguido salir de ese bache según él “sin salida”. Ya tenía la vida que merecía. Sonreí al pensar que mi sonrisa había ayudado a ello. De pronto, volvió su cabeza y me gritó:

- Carlota, ¡sonríe y la vida te sonreirá!



jueves, 24 de enero de 2008

Piratería ¿sí o no?

Hoy me ha llegado vía e-mail un texto bastante explícito acerca de este tema, amplio debate hoy en día. Yo estoy totalmente a favor de la piratería, pero en vez de explicar mis razones, pongo el texto íntegro de un anónimo al que, desde aquí, le doy la enhorabuena por este texto que deja bastante clara la situación que hoy en día vive la industria de la música:

"Esto lo escribió un currante indignado... con razones:

Dada la mierda que nos escupe diariamente la tele, radio, prensa y demás medios de comunicación, un grupo de disidentes hemos elaborado este manifiesto a favor (sí, A FAVOR) de la piratería.Si te mola, pásalo. Si prefieres creerte las mentiras de la industria, haz con él lo que te salga del arco del triunfo.

De: El currante medio, aplastado por la hipoteca, la precariedad laboral, los horarios DE MIERDA y otros abusos sociales, como la caña de cerveza a 2 putos Euros.

A: Ese músico mediático que se duele detrás de unas gafas de sol en la Moncloa , forrado de pasta hasta los pendientes, y con talante y defendiendo el socialismo obrero. Tiene cojones ir de rebelde y socialista por la vida y terminar en las escaleras del centro del Estado (por si no
captáis las sutilezas, el ejemplo se refiere a Alejandro Sanz , aunque es extensible a todos los membrillos/impresentables que le acompañaban).

Mira, chavalote, en la gira que te vas a marcar este verano vas a ganar más pasta -haciendo algo que te gusta y que en teoría te llena- de lo que ganaré yo en toda mi puta vida de currito, cargando, además, con una actividad que no me aporta nada personalmente y con la que, si no fuera por el sueldo adicional de mi pareja, ni siquiera me daría para pagar el piso donde vivo. 'La música está muy mal' -gimes. Tú, chavalote, no sabes lo que es estar mal. ¿Qué sabes tú de hipotecas, de rebotar de un contrato a otro, de currar a turnos o de 7 a 7? ¿Qué sabes tú de llegar a fin de mes, o de lo que me cuesta a mí plantearme tener hijos con lo que piden en una guardería?

Porque te recuerdo que aquí, en el mundo real, curramos dos para pagarnos 70 metros cuadrados...

'La gente que compra en el top manta no ama la música' -escupe otro. ¿Con qué validez moral exigís vosotros, que vivís a todo trapo de camino entre Madrid y Miami, sin saber ni el dinero que tenéis, al currante que os pague los vicios y haga multimillonaria a la multinacional de turno ¿Cómo se puede tener la cara de plantarse en plan víctima sobre una vida de lujo?

La industria ha abusado -y abusa con los precios y las calidades. Sólo ahora que se ve con el rabo en el culo ofrece lo que no pueden dar los piratas: DVD's con vídeos, extras y demás. Todo, curiosamente, al mismo precio que antes. ¿No llorabais que no se podían bajar los precios? Cómo vale ahora un álbum que lleva 12 canciones en el CD y 16 en un DVD (verídico) lo mismo que antes el mismo álbum con el CD a pelo? ¿Cómo puede valer un mismo álbum en España 18 euros y en Alemania 20 (contrastado) cuando los alemanes ganan más del doble que un español?

Ahora que las mafias e Internet os revientan, ahora, que ya no tenéis la sartén por el mango, pasáis de la posición dominante y abusiva a la apelación más rastrera de sentimientos. Pues yo, y muchos como yo respondemos: AHORA, QUE OS DEN POR CULO.

NADIE puede pedirme que le pague la colección de coches de lujo, el yate y las cuatro casonas en Miami, la Sierra o Marbella.

NADIE puede pedir moral desde la inmoralidad.

Ejemplo: Bustamante se acaba de comprar una casa de 500 kilos de las antiguas pesetas en solo CUATRO AÑOS DE CARRERA MUSICAL, claro ejemplo de lo mal que está el panorama musical.

Firma: Cualquier anónimo hasta los güevos de sandeces."

Yo destacaría la política de un grupo muy bueno menos "famoso" que los citados en el texto: Canteca de Macao. Este grupo cuelga toda su música en su página web, y sus directos son impresionantes. Aquí dejo un gran tema suyo, que pone los pelos de punta por el tema que toca:

CANTECA DE MACAO - LOS NIÑOS DEL HAMBRE



Espero que os guste,

Tikat...