"No tratéis de guiar al que pretende elegir por sí su propio camino". William Shakespeare.
jueves, 24 de julio de 2008
Rumores**
Pues bien, con los rumores pasa algo parecido. Alguien viene y te dice que su amigo le ha dicho que el amigo del amigo de su amigo le ha dicho algo. Y tú te lo crees, ¿qué remedio te queda? Te dicen que fulanito se ha liado con menganita, que uno le criticó a otro sobre un tercero, que aquel está enfermo… y tú te lo crees, ¿qué remedio te queda? ¿Por qué te iba a mentir?
El problema es que nos olvidamos de aquel juego al que jugábamos de pequeñas, en el que, al pasar la palabra o frase de persona a persona, el contenido se iba modificando poco a poco, hasta sonar totalmente distinto a lo que el primer emisor quería mostrar. De la misma manera, si alguien le comenta a otro que le ha parecido oír a unos que decían que tal o cual ha dicho tal cosa, poco a poco la información se irá modificando y estirando como si fuera un chicle, y la gente finalmente mirará mal a una persona que, por ejemplo, tan sólo ha dado su opinión sobre algo a la persona menos idónea.
También hay personas (de todo hay en esta vida) que, al parecer, no tienen otra cosa mejor que hacer que soltar informaciones que se le van ocurriendo sobre la marcha sobre gente que no le cae demasiado bien.
Así que ya sabes, te pueden pasar dos cosas:
1- Que un buen día te despiertes de la cama, vayas a trabajar / estudiar / vaguear y te sientas algo observado. Puede ser que te hayas puesto el jersey del revés o que lleves la bragueta abierta, pero también puede ser que el “graciosillo/a” (por ser sutil, puede que haya niños leyéndolo) de turno haya dicho sobre ti, ¡qué se yo!, cualquier cosa menos lo guapa que estás hoy.
2- Que, si es que no eres de “los míos”, te aburras en tu rutinaria vida, y no se te ocurra cosa mejor que ser tú la “graciosilla/o” (última sutileza que digo) que, con algo tan simple como unas pocas palabras, quiera joder a alguien y le de tiempo al rumor…
Tú eliges…
viernes, 18 de julio de 2008
Nobody knows...
Nuestros corazones son y serán cada vez más pequeños, hasta el punto de que ya nada ni nadie pueda herirnos.
Pero hasta entonces…
…habrá que pasar día tras día, luchando por sonreir aunque sea lo que menos te apetezca en ese lugar y momento. A pesar de que algo te pinche en el pecho, piensa que esos trocitos de corazón algún día quizás se vuelvan a pegar milagrosamente e incluso llegues a sonreir sin querer.
Pero hasta entonces…
…nobody knows anything…la gente seguirá mirándose el ombligo, sin importarles los demás, preocupándose por sus propios problemas.
Dicen que el dolor, las puñaladas, la experiencia…te hace más fuerte. Quizás es cierto, pero que te haga más fuerte no significa que te haga inmune a ellas. Incluso puede hacer el efecto contrario: siempre debe haber excepciones que confirmen la regla. Pero, ¿acaso hay reglas en el tema del dolor?
Because nobody knows…nobody knows how I feel…
martes, 1 de julio de 2008
Fear is only in our minds...
- Frente a mí 2 puertas. Una conduce a la felicidad y otra conduce a la tristeza. Otra vez esta maldita indecisión. ¿Y si me quedo aquí, en el vestíbulo? Entonces no seré ni feliz ni infeliz…y seguiré como hasta ahora, sin saber siquiera lo que siento.
Siempre igual, trato de parecer valiente, e incluso de serlo. Pero, en el momento de tomar una decisión importante no consigo hacerme con una solución que, al menos a mí, me convenza.
- Describe el lugar en el que estás, Rubén.
- En esta habitación sólo hay dos colores: el blanco y el negro. El suelo es negro, la pared (sólo hay una porque es una habitación circular) blanca y el techo negro. Da la sensación de que no hay salida. Como siempre en mi vida…
- Rubén, trata de no irte por las ramas. Recuerda que estoy aquí para ayudarte. Debes decirme qué es lo que ves en esa habitación. Yo sé que tú no estás loco, yo te creo. Pero sabes perfectamente que ellos no.
- Está bien… Pues eso, en la habitación veo frente a mí dos puertas, a, más o menos, 3 metros. Pero no puedo moverme, no puedo alcanzarlas, algo me lo impide… Doctor, no puedo seguir con esto…
- ¿Por qué? Claro que puedes. Eres un chico valiente, te conozco desde hace mucho, Rubén. Debes luchar contra tus miedos; una vez que luches contra ellos estarás curado, ya lo verás. Ahora dime, ¿qué es lo que te impide alcanzar las puertas?
- Mis zapatillas están… ¡pegadas! Pero no veo ningún tipo de pegamento ni algo parecido en ellas… Por favor, Doctor, ¿qué hago?
- Trata de quedarte descalzo, líbrate de tus zapatillas, pero consigue llegar a las puertas.
- ¡No puedo! Están demasiado pegadas a mis pies. ¡Ya está! ¡Lo conseguí! Me estoy acercando a las puertas… ¡oh no!
- ¿Qué pasa? ¿qué es lo que ves?
- Hay algo escrito en las puertas… “Cuando leas esto, tendrás en una mano tu vida y, en la otra, la salvación humana, pero sin saberlo. Una de las puertas te lleva a tu propia salvación, con el consiguiente fin del mundo humano. La otra, salva a todo el mundo menos a ti. ¿Qué es lo que prefieres? El Diablo.”
- Me lo temía…lo siento, Rubén, pero, ¿acaso alguien puede actuar contra el Diablo? Ahora la decisión es únicamente tuya. Yo ya no puedo ayudarte…
- Por favor, Doctor, ¡no puedes abandonarme ahora!
- Debes abrir una puerta, antes de que sea peor…
- ¿Por qué yo?
- Hazlo ya, Rubén, si no él se enfadará.
- Está bien… abriré la puerta blanca… Adiós.
- Seguridad, llévense su cadáver…y háganle una autopsia a él también. Espero que consigamos la respuesta y al siguiente podamos salvarle…
martes, 27 de mayo de 2008
SoNrÍe Y lA vIdA tE sOnReIrÁ***
Lo veía todos los días al ir al trabajo. Estaba ahí, medio tumbado medio sentado sobre un cartón, apoyado en la pared al lado de la puerta trasera de una panadería de la gran ciudad. No sé describir lo que mi cabeza pensaba cuando pasaba a su lado; yo con mi portátil, trajeada, yendo a trabajar en una oficina del mejor periódico de la ciudad; él, con ropas sucias y rotas, una manta que seguramente habría recogido de un contenedor o habría robado, un cartón de vino y restos del pan sobrante de la panadería. Parecía increíble que, en una misma ciudad, hubiera tanta diferencia entre la vida de una persona y otra.
Al día siguiente, me desperté con el ruido de la tormenta. Desde siempre me han asustado los relámpagos y los truenos. Cuando era pequeña, solía meterme en la cama de mis padres acurrucada entre ellos; sólo así conseguía dormirme. Pero ahora es diferente: vivo sola, por lo que cuando me desvelo opto por prepararme con tranquilidad, tomar un buen desayuno y bajar a la calle a vagabundear bajo mi gran paraguas de marca.
Cuando bajé a la calle, hice el mismo recorrido de siempre. Había decidido ir un poco antes a la oficina y así adelantar algo de trabajo. Cuando pasé por la boca de ese callejón, como siempre, miré hacia donde suponía que estaba él. Pero no era así. No estaba. Supuse que algún buen hombre le habría dado cobijo al haberle visto bajo la lluvia sin ningún techo bajo el que cubrirse. Sin embargo, algo me decía que no era así. “Ya no queda gente buena, Carlota. Es como los príncipes azules, ¡se están extinguiendo!”. Estas palabras de mi abuela vinieron a mi mente de repente y, como si algo me empujara, me adentré en el callejón. Ya no tenía miedo ni a la lluvia ni a posibles delincuentes que se decía que frecuentaban esa zona. Algo me decía que él seguía ahí. “Al fin y al cabo, no tiene a dónde ir”, pensé. Pasé un contenedor pensando en darme la vuelta sin haber conseguido mi objetivo cuando le vi. Estaba en una esquina, arrinconado entre cajas de cartón y agarrando la manta como si se la fuesen a arrebatar en cualquier momento. Seguía lloviendo a mares. Cuando me vio se asustó, pero el frío y el tembleque le impedían moverse. Me quedé ahí, un momento, parada frente a él. Pensé que lo mejor sería decirle algo, pero… ¿el qué?
- Eh… ¡Hola! – qué estúpida. Pero no se me ocurría otra cosa…
Él permaneció ahí, impasible. No sabía si porque no me había entendido o porque tenía miedo o el frío le impedía siquiera abrir la boca. De cualquier manera, opté por utilizar un lenguaje universal: le sonreí. Él me devolvió la sonrisa, una sonrisa desdentada pero simpática. De pronto, sentí una enorme curiosidad por conocerle, saber su nombre, su edad, y, sobre todo, qué le había pasado para llegar a esa situación. Le tendí mi mano. Su sonrisa se convirtió en una especie de mueca que transmitía preocupación. Sólo me bastó otra sonrisa para que cogiera mi mano y saliera de esa “cabaña” de cajas de cartón. Reconozco que al principio, cuando se levantó, me desagradó la idea de agarrarle, puesto que el hedor que desprendía y la suciedad que, desde ahí, podía observar, me forzaban a guardar las distancias. Sin embargo, mi conciencia me impedía dejarlo ahí, abandonado, mirando para otro lado como hacían los demás. Yo no quería ser como esa gente que hacía como si no lo viera, siempre me había sentido de alguna manera diferente y, por una vez, quería ayudar a alguien que sabía que me necesitaba. Así que le ofrecí un hueco debajo de mi paraguas de marca. Le llevé a desayunar a un bar cercano donde acudía con tanta frecuencia que el camarero, un joven con “rastas”, ya me conocía. Cuando entré con mi “nuevo amigo”, me miró con cara de extrañado, pero sabía cómo era, y tan educado como siempre, nos sirvió. Le pregunté por su nombre, tratando de ser lo más cortés posible, y, sin molestarse, me contestó que se llamaba Ramón, pero que hacía muchos años que nadie le llamaba por su nombre. Poco a poco, y con la ayuda de mis sonrisas, Ramón cogió confianza en mí, y me contó que su padre murió de sobredosis cuando su madre estaba embarazada de él, y ésta, una vez nació Ramón, desapareció “misteriosamente”. No hacía mucho que se había enterado de que se había encontrado su cadáver. Él, hijo único, fue a parar a un centro de niños huérfanos, pero, una vez cumplidos los 18, no tuvo más remedio que ir a trabajar a la ciudad. Le iba genial en una fábrica de automóviles hasta que fue cerrada porque el gobierno descubrió que traficaban con drogas. Sonreía mientras decía que la suerte nunca le había sonreído. Trató de buscar otro trabajo pero esa fábrica había creado una mancha imborrable en su currículum. Además, poco a poco fue descuidando su aspecto, tuvo que vender su pequeño pisito en el centro para conseguir algo de comer, y su imagen se volvió la que en ese momento veía. No le había quedado otro remedio. Le animé a cambiar su aspecto y buscar un trabajo, al menos para tener algo para llevarse a la boca. Luego ya buscaría un techo, pero poco a poco podría conseguirlo. Estaba desanimado. No creía en la vida. De todas maneras, le di algo de dinero para que fuera a la peluquería y le invité a que se duchara en mi casa. No sé por qué razón Ramón me inspiraba confianza. Sin embargo, rechazó mi oferta.
Miré el pequeño reloj de plata de mi muñeca y, al darme cuenta de lo tarde que era, me despedí de él. Le dije que volvería a visitarle a su callejón. Fuera seguía lloviendo. A las dos horas de haber llegado a mi oficina, comencé a sentirme mal. No paraba de estornudar y me mareaba continuamente. Mi jefa me dio la baja por mi mala cara: tenía gripe. Este mal tiempo había acabado con mis defensas. Fui a casa en taxi, me metí en la cama y no pisé la calle en 3 días. El jueves, por fin, fui a trabajar a primera hora de la mañana, para ponerme al día, no sin antes pasar por el callejón para visitar a Ramón. Sin embargo, cuando llegué no le vi por ningún lado. Me puse en lo peor, ¿qué le podría haber pasado? Nerviosa, llamé a la puerta trasera de la panadería junto a la que se “alojaba” Ramón por si sabían algo de su paradero. Me abrieron lentamente, como si tuvieran miedo. Lo primero que vi fueron unas zapatillas deportivas algo sucias, luego un pantalón rojo que supuse que era el uniforme de la panadería y una chaqueta roja con rayas verdes con la serigrafía de la panadería. Una pequeña cabeza asomó por la puerta, ¡era Ramón! Sonrió al verme, me dijo que se había extrañado mucho de no verme; él también se había puesto en lo peor, por lo que había decidido seguir mis consejos. Con mi dinero, había ido a la peluquería y se había comprado algo de ropa. También se había armado de valor y había ido a la panadería para pedir trabajo de repartidor a domicilio. Le habían dado la oportunidad, y le iba muy bien. No cobraba demasiado, pero el panadero le había prestado una habitación de su casa hasta que encontrara un alojamiento. No dejaba de sonreír. La suerte, por fin, también le sonreía. Ya no desagradaba acercarse a él. Me agradeció todos los consejos dados. Según él, le había hecho renacer en cierta manera. Se despidió de mí, diciendo que tenía que empezar su “curro diario”. Nos reímos y nos dimos un fuerte abrazo.
Le vi alejarse calle abajo, en una vieja bicicleta con bolsas en un gran cesto detrás del sillín. Había conseguido salir de ese bache según él “sin salida”. Ya tenía la vida que merecía. Sonreí al pensar que mi sonrisa había ayudado a ello. De pronto, volvió su cabeza y me gritó:
- Carlota, ¡sonríe y la vida te sonreirá!
domingo, 25 de mayo de 2008
What I wanted***
I turned my head away
Didn't wanna hear what you said
You had changed your mind
I showed up insecure
But I thought you would be sure
I guess I had a lost sight
But at the end of my life
I'll look back on my life
I'll know that my life was good
At the end of my life
I'll look back on my life
See I went after you like I should
I went after what I wanted
I went after what I wanted
And I never really got it
But it doesn't matter at all
I guess it was a lot
To ask for these things we'd lost
I guess it was just a dream
And time changes many things
But my heart it still sings
For you, I don't know why
But at the end of my life
I'll look back on my life
and I'll know that my life was good
At the end of my life
I'll look back on my life
See I went after you like I should
I went after what I wanted
I went after what I wanted
And I never really got it
But it doesn't matter at all
I thought I'd spend my last days
Holding your hand
Now all of my senses lie here dead on the floor
But at the end of my life
I'll look back on my life
and I'll know that my life was good
At the end of my life
I'll look back on my life
See I went after you like I should
I went after what I wanted
I went after what I wanted
And I never really got it
But it doesn't matter at all
Everything else I lost it
I went after what I wanted
I went after what I wanted
And the rest don't really matter
It doesn't matter at all
lunes, 12 de mayo de 2008
From the window...just say goodbye...

Era uno de los pocos viajes que África acostumbraba a hacer. Era un lugar no muy lejano, y, sin embargo, era suficiente para despedirte de tu rutina y empezar desde cero. ¿Era ese su sueño? Decir adiós a todo y empezar de nuevo. No. Le asustaba la idea de haber desperdiciado dieciocho años. Empezar de nuevo. Volver a nacer. No era eso lo que quería. Ella quería una continuación, asumiendo lo aprendido hasta ahora, afrontándolo y teniéndolo en cuenta en esa nueva vida.
Su viaje empezó en el autobús. África miraba por la ventana, veía pasar las luces de la ciudad, la lluvia caía, los coches parecían seguirse en un viaje sin fin, la gente corría de aquí para allá, tapándose con sus paraguas como si la lluvia les impidiera llegar a su destino… Todo parecían señales. Señales de que esa vida nueva le esperaba. Diría adiós a todo lo que no le gustaba. Daría la bienvenida a todo eso que siempre había querido.
Ojalá todo fuera tan fácil.
La cobardía le podía. Era incapaz de despedirse de lo que era, al fin y al cabo, su vida. A pesar de que pensaba que no tenía nada ni a nadie, se dio cuenta de que, si se marchaba, se tenía que despedir de mucha gente. Fue eso precisamente lo que le hizo volver, a pesar de lo malo de la situación.
Dicen que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes…
“Todo lo que quiero es que las cosas salgan como yo quiera…”
Arianna Puello – Todo
martes, 22 de abril de 2008
*Hipnosis*
Me dijo que mirara fijamente la punta del lápiz que agarraba con la mano derecha. Solía hacer caso de sus órdenes, puesto que sus servicios siempre me eran de gran ayuda. A pesar de no conocerle apenas, sabía que era un profesional de confianza. Estaba un poco nerviosa, por lo que el proceso de hipnosis fue más lento de lo habitual. Primero noté un pequeño mareo, luego un cansancio casi insoportable... y el resto no puedo recordarlo.
Me dijo que me imaginara un parque guiado por una gran muralla. La muralla, antigua y seguramente reformada poco antes, servía de mirador de parte de la belleza de la ciudad, entre otras cosas una hermosa catedral, vista en la lejanía. Paseando por ese parque sentí esa tranquilidad que le había pedido que me transmitiera, tranquilidad que apenas se veía molestada por el tráfico de la ciudad. Sin embargo, incluso esos coches, en ese hermoso paraje, transmitían esa paz que todo el mundo necesita en sus estresadas vidas. A pesar de los paseantes, sentía que estaba sola con los bancos, la hierba, los árboles de numerosas especies… De pronto vi una estatua de lo que parecía un hombre. Observé que había varias por todo el paseo. Mi curiosidad me animó a acercarme a leer de quién era la estatua y qué hacía ahí. Descubrí que una era de un tal Pablo Sarasate, violinista pamplonés muy conocido, otro de Sancho el Mayor, rey de Pamplona, y, por último, de Juan Huarte de San Juan, médico y filósofo navarro del siglo XVII.
Este parque era como un lugar de culto a la tranquilidad en medio del caos de una ciudad. Supuse que se trataba de Pamplona, debido a las estatuas de personajes insignes de la capital navarra. Sentía tanta curiosidad por saber el nombre de ese parque que recorrí la muralla para comprobar si era capaz de descubrir alguna pista.
- Vuelves en tres, dos, uno – me dijo - .
La sesión había finalizado. Le pregunté por qué en esa ocasión me había llevado a aquel maravilloso lugar. Contestó que él no podía saber a dónde había viajado, pero quizás ese lugar al que yo había acudido había significado algo para mí en algún momento de mi vida, y por eso mi mente había querido volver.
Salí a la calle sintiéndome tranquila, por lo que había conseguido lo que pretendía al acudir a la consulta del hipnotizador. Sin embargo, me sentía incompleta. No lograba recordar si había estado anteriormente en ese parque pamplonés. Sólo podía descubrirlo de una manera: volviendo a él. Por lo tanto, me planté ahí cuanto antes, para comprobar por qué razón mi mente había acudido a ese parque pamplonés.
Describí mi “visión” a algún paseante, para que me acercara al fin de mi “aventura”. Sólo nombrando la estatua en honor a Pablo Sarasate sabían perfectamente que me refería al parque de
Me senté en la hierba y decidí permanecer mirando aquella fuente.
- Vuelves en tres, dos, uno…
¿Había formado todo parte de la hipnosis?